
Las culturas precolombinas, específicamente las Aymaras, le llamaban Machac Mara al inicio del Año Nuevo, que es el inicio del invierno, o sea hoy, 21 de Junio....el solsticio de Invierno. El día más corto y la noche más larga a la vez. Para los Mapuches era llamado We Tripantu.
Todas las culturas ancestrales del mundo festejan esta noche...
Les dejo un escrito relativo que encontré sobre esta trascendental fecha para los ancestros de esta tierra, para los que valoramos y respetamos estas energias...
En invierno es época de siembra. Allí procuraremos, como el sembrador,
elegir los mejores granos. Análogamente es época de pensar en nuestros
objetivos para el nuevo ciclo, conforme a la experiencia adquirida.
El sol se ha alejado del hemisferio y la tierra se prepara para trabajar
interiormente. Los frutos de la cosecha anterior ya han sido recogidos. Es
el momento para seleccionar los mejores frutos, obtener sus semillas y
volver a sembrar. Hay frutos que se pasmaron, se pudrieron o no se
desarrollaron bien. Estos se eliminan y se guardan los mejores.
Análogamente, hay un momento para evaluar los objetivos logrados. De todo
lo que te has propuesto, seguramente habrá metas que no se han conseguido
todavía. Esto no es un fracaso si aprendes de la experiencia. Es decir, si
investigas cuales son las causas que han impedido hasta ahora su logro.
Una vez determinados los obstáculos que lo han impedido, elabora un plan
para superarlos y acercarte, de esta manera, a un éxito final.
Los obstáculos pueden ser de diversa índole. La mayoría seguramente están
en ti mismo. No culpes a nadie de lo que te sucede. No culpes a los demás
si no has logrado todavía determinadas metas. Tal vez no sea tiempo
todavía, quizás tengas que desarrollar otros objetivos antes, tal vez
tengas que vencer tus temores, o emplear más energía y voluntad para
conseguirlos. A veces las metas son poco realistas y en ese caso deberás
replantearlas para avanzar por etapas: una escalera se sube peldaño a
peldaño. Un período de amor y solidaridad.
Nosotros, seres humanos, hemos vivido cientos de miles de años en estrecho
contacto con la naturaleza, siendo parte de ella misma. Solamente estos
últimos siglos hemos construido ciudades y nos hemos alejado de ella. Pero
todo nuestro ser sigue respondiendo a esos ciclos, llevamos ese programa
en nuestros genes.
Imagina una tribu, viviendo en cuevas o chozas en pleno invierno. Para
sobrevivir han debido guardar los granos de los alimentos que cosecharon
para alimentarse con ellos en invierno, cuando escasean los vegetales para
comer. También protegen sus animales para tener disponible, especialmente, la
leche.
De acuerdo a la dedicación y esfuerzo, es seguro que algunas familias
logran mejores cosechas que otras. Pero si quienes tienen para comer en el
invierno se guardan lo que tienen e incluso lo que no alcanzarán a comer y
no comparten con quienes no tienen lo suficiente, el resultado sería la
muerte de algunos miembros de la tribu. Y esto, lógicamente, perjudica a
la totalidad, pues los debilita. De modo que, por razones de
superviviencia, toda la tribu comparte lo que tienen para pasar la época
más difícil.
El sol, como hemos dicho, se ha alejado. Hay más frío y más escasez de
todo. El sol es la fuente de vida y de calor. Sin embargo, el ser humano
observa fácilmente que el sol retornará y la naturaleza volverá a mostrar
su abundancia y esplendor.
Los miembros de la tribu se reúnen en torno de una fogata. El fuego
obviamente les da calor, luz y además, probablemente les permite cocinar
algunos alimentos. Juntos, se apoyan y comparten lo que tienen.
Esto se va transformando en una celebración y una ceremonia. El fuego es
la representación del sol, momentáneamente alejado. Es también el elemento
transformador de todo: lo que era sólido lo transforma en líquido, lo
líquido en vapor, lo denso se transforma en algo sutil.
Los pueblos de todos los lugares del planeta comienzan a celebrar el
Solsticio de Invierno.
De allí que las fiestas solsticiales se acompañan de fuego. Incluso se
colocaron antorchas en los árboles para iluminar el camino y el lugar de
la celebración. En la noche solsticial se intercambian obsequios. Es noche
de solidaridad, de amor y de esperanza.
Cuando el cristianismo comienza a propagarse en Europa, asimila estas
fiestas solsticiales a sus propios ritos y símbolos. De allí que se fija
la fecha del nacimiento de Jesús en el Solsticio de Invierno (Hemisferio
Norte). El niño Jesús pasa a simbolizar para los cristianos la idea de
solidaridad, amor y esperanza. Por eso se colocan luces en los árboles, a
semejanza de las antorchas que antiguamente se colocaban en el norte de
Europa. Por eso se intercambian regalos, aunque en la mayoría de los
cristianos de hoy, pasa a ser simplemente una expresión de materialismo y
consumismo.
Muchos han olvidado que no es importante el valor material,
sino que cada uno debe dar algo de sí que pueda compartir con los demás,
para que juntos, unidos en amor y solidaridad, puedan mejorar su calidad
de vida.
Es el momento de tener fe y esperanza que todo irá mejor si tenemos la
actitud interior correcta, si amamos y si somos solidarios.

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